Recibir notificaciones

¿Deseas recibir notificaciones de BitBook Lite?

Descarga la aplicación

Descarga la aplicación móvil de BitBook Lite para obtener una mejor experiencia en tu dispositivo.

Hola, mundo

Mensaje largo...

Haz click en la pantalla para cerrar

Nuevo post

Publicar
Cargando...

Categorías del post

Cargando...

Aquí debería haber un mensaje...

Aquí debería haber un mensaje...

Descartar Aceptar

Guardar y cerrar

Normal

Claro

Noche

Noche clara

Sepia

Cargando...

BitBook Lite

Lectura en voz alta

Voz

Volumen: 100

Velocidad: 1

Tono: 1

Desplazar a una parte del libro:

Desplazar

Botón de play / pausa:

Mostrar / Ocultar

Reanudar

Pausar

Siguiente

Anterior

Añadir canción

Volumen

Tiempo

Cerrar menú

Reproduciendo

Temas

Crear tema



La noche era oscura y fría, y el viento soplaba con fuerza sobre el río Uruguay. En una pequeña embarcación, un grupo de hombres remaba con sigilo, tratando de no hacer ruido. Eran los 33 orientales, unos patriotas que habían jurado liberar a su tierra natal del dominio brasileño.

Los 33 orientales eran unos gauchos de pura cepa, que habían nacido y crecido en el campo, y que habían participado en la guerra contra el imperio portugués. Eran unos guerreros valientes y astutos, que sabían manejar las armas y los caballos con destreza. Pero también eran unos rebeldes sin miedo, que no dudaban en desafiar al poder y a la ley.

Los 33 orientales habían salido de Buenos Aires, donde se habían exiliado tras la derrota de Artigas, el caudillo que había liderado la resistencia oriental. Allí habían recibido el apoyo de algunos políticos y militares, que simpatizaban con su causa. Entre ellos, estaba el general Juan Antonio Lavalleja, que había sido el segundo de Artigas, y que ahora encabezaba la expedición.

Su objetivo era desembarcar en la playa de la Agraciada, en la provincia oriental, y levantar en armas al pueblo contra el imperio brasileño, que había ocupado el territorio tras la llamada Guerra del Brasil. Querían restaurar la autonomía y la soberanía de la provincia oriental, y reunirla con las demás provincias del Río de la Plata, tal como había sido el sueño de Artigas.

Los 33 orientales llegaron a la playa de la Agraciada, y desembarcaron sin ser detectados. Allí los esperaban algunos compatriotas, que les habían preparado caballos y armas. Los 33 orientales se pusieron sus ponchos y sus sombreros, y se ataron al cuello sus pañuelos tricolores, que llevaban los colores de la bandera de Artigas: azul, blanco y rojo.

Luego, se dirigieron al centro de la playa, donde había una gran piedra. Allí, el general Lavalleja, con voz firme y emocionada, pronunció el juramento que sellaría su destino:

"Compatriotas: aquí estamos, dispuestos a morir por la libertad de nuestra patria. Hemos venido a cumplir con el deber que nos impone el honor y el amor a la tierra que nos vio nacer. Hemos venido a vengar a nuestros hermanos, que han caído bajo el yugo del opresor. Hemos venido a restaurar la gloria de Artigas, que nos legó el ejemplo de la rebeldía y la dignidad. Hemos venido a proclamar la independencia de la provincia oriental, y a reunirla con las demás provincias del Río de la Plata, formando una sola y gran nación. Compatriotas: jurad conmigo, por Dios y por la patria, que no daréis cuartel al enemigo, que no abandonaréis la lucha, que no claudicaréis ante la adversidad, que no traicionaréis la causa, que no os rendiréis jamás. Jurad conmigo, por Dios y por la patria, que preferís morir antes que vivir esclavos. Jurad conmigo, por Dios y por la patria, que gritaréis con todas vuestras fuerzas: ¡Libertad o muerte!"

Los 33 orientales, con los brazos en alto y las manos entrelazadas, respondieron al unísono:

"¡Lo juramos!"

Y así, con ese grito que resonó en la playa, comenzó la cruzada libertadora, que cambiaría la historia de la provincia oriental.
#continuación

Los 33 orientales, tras el desembarco en la playa de la Agraciada, se dirigieron al interior de la provincia, buscando el apoyo de los pobladores y de los caudillos locales. Su presencia y su proclama encendieron el fuego de la rebelión, y pronto se les unieron miles de patriotas, dispuestos a luchar por la libertad de su tierra.

Entre los que se sumaron a la cruzada libertadora, se encontraba el general Fructuoso Rivera, que había sido uno de los principales colaboradores de Artigas, y que había pasado a servir al imperio brasileño, tras la derrota de su jefe. Rivera, al enterarse de la llegada de los 33 orientales, y de la muerte de Artigas, que había ocurrido en el exilio el año anterior, sintió renacer su espíritu artiguista, y decidió cambiar de bando. Con él, se pasaron al lado de los orientales muchos de sus hombres, que formaban parte de las tropas imperiales.

El imperio brasileño, al ver que la provincia oriental se levantaba en armas, y que sus propias fuerzas se desmoronaban, reaccionó con violencia. Envió a sus mejores generales y soldados, con el objetivo de aplastar la rebelión, y de mantener el dominio sobre el territorio. Así comenzó la guerra entre los orientales y los brasileños, que duraría varios años, y que tendría momentos de gloria y de tragedia.

La primera gran batalla de la guerra tuvo lugar en el arroyo del Rincón, el 12 de octubre de 1825. Allí, los orientales, al mando de Lavalleja y Rivera, se enfrentaron a los brasileños, al mando del general Bento Manuel Ribeiro. La batalla fue decisiva para el destino de la provincia oriental.

Entre los orientales que combatieron en el Rincón, se encontraban los cuatro hermanos Gutiérrez, unos gauchos de pura cepa, que habían nacido y crecido en el campo, y que habían participado en la guerra contra el imperio portugués. Eran unos guerreros valientes y astutos, que sabían manejar las armas y los caballos con destreza. Pero también eran unos patriotas sin miedo, que no dudaban en desafiar al enemigo, y en dar su vida por la libertad de su patria.

Los hermanos Gutiérrez se habían unido a los 33 orientales, tras el desembarco en la playa de la Agraciada, y habían jurado con ellos el juramento de libertad o muerte. Desde entonces, habían participado en varias escaramuzas y combates, demostrando su valor y su coraje. Ahora, se preparaban para la batalla del Rincón, que sería la más importante de sus vidas.

Los hermanos Gutiérrez se encontraban entre los orientales que formaban el ala izquierda del ejército, que estaba al mando de Rivera. Su misión era contener el avance de los brasileños, que venían por el sur, y evitar que rodearan a los orientales. Para ello, tenían que cruzar el arroyo del Rincón, y enfrentarse a los brasileños en campo abierto.

Los hermanos Gutiérrez, montados en sus caballos, y armados con sus carabinas y sus facones, siguieron a Rivera, que les dio la orden de atacar. Cruzaron el arroyo, y se lanzaron sobre los brasileños, que los esperaban formados en línea, y disparando sus fusiles. Se desató una feroz lucha, en la que los orientales se abrieron paso entre las filas enemigas, buscando el cuerpo a cuerpo.

Los hermanos Gutiérrez, que luchaban juntos, se destacaron por su bravura y su destreza. Con sus carabinas, derribaron a varios brasileños, y con sus facones, cortaron las riendas y las cinchas de sus caballos, haciéndolos caer. Llegaron hasta el frente de la línea brasileña, y se enfrentaron al general Ribeiro, que los vio venir.

El general Ribeiro, que era un veterano de las guerras napoleónicas, y que había sido enviado por el emperador Pedro I para sofocar la rebelión oriental, era un hombre duro y orgulloso, que no temía a nadie. Al ver a los cuatro hermanos Gutiérrez, que se acercaban a él, los desafió con su espada, y les dijo:

"¿Quiénes sois vosotros, que os atrevéis a enfrentaros a mí? ¿Qué queréis de mí?"

Los hermanos Gutiérrez, que no se dejaron intimidar por el general Ribeiro, le respondieron con voz firme:

"Nosotros somos los hermanos Gutiérrez, y somos orientales. Queremos la libertad de nuestra patria, y la muerte de los opresores. Y vos, general, sois uno de ellos. Por eso, venimos a mataros".

Y sin más palabras, los hermanos Gutiérrez se lanzaron sobre el general Ribeiro, y se inició una feroz lucha, en la que las espadas y los facones se cruzaron con violencia.

El general Ribeiro, que era un experto espadachín, logró herir a dos de los hermanos Gutiérrez, que cayeron al suelo, sangrando. Pero los otros dos hermanos Gutiérrez, que eran más ágiles y rápidos, lograron acorralar al general Ribeiro, y le asestaron varios golpes, que lo hicieron retroceder. Uno de los hermanos Gutiérrez, que se llamaba José, le clavó su facon en el pecho, y el otro, que se llamaba Juan, le cortó la cabeza con su carabina.

El general Ribeiro, el principal responsable de la invasión brasileña, había sido eliminado. Su sangre salpicó el suelo del Rincón. Los hermanos Gutiérrez, victoriosos pero ensangrentados, se abrazaron con sus hermanos heridos, y los ayudaron a levantarse.

Los hermanos Gutiérrez, al ver caer al general Ribeiro, lanzaron un grito de júbilo que resonó en el campo de batalla. Sus compañeros orientales se unieron a su grito, y los vitorearon como a unos héroes. Habían ganado la batalla, y habían vengado a sus muertos.

La batalla del Rincón, como se bautizó la batalla, se convirtió en el triunfo definitivo de los orientales contra los brasileños. El general Ribeiro, el principal responsable de la guerra, había sido eliminado. Su ejército, el más poderoso y temido de la región, había sido destruido. Los orientales, con su valor y su astucia, habían logrado lo imposible.

La guerra entre los orientales y los brasileños terminó poco después. El imperio, debilitado y desmoralizado, se vio obligado a reconocer la independencia y la soberanía de la provincia oriental, que pasó a llamarse República Oriental del Uruguay. Los orientales, orgullosos y felices, celebraron su triunfo, y honraron la memoria de sus héroes.

Los hermanos Gutiérrez, los gauchos patriotas, se convirtieron en un símbolo de la libertad y la independencia de su patria. Su nombre quedó grabado en la historia, junto al de los 33 orientales, como los héroes del Rincón.

FIN