El Mago y el Hada Perdida
En lo profundo del bosque de Eldoria, donde los árboles susurraban secretos al viento y la luz del sol se filtraba en
destellos dorados, caminaba el mago Eldrin.
Su túnica azul oscilaba con cada paso, y su bastón de roble resonaba contra la tierra cubierta de hojas secas. Buscaba ingredientes para una poción, pero el destino le tenía preparado otro encuentro. De repente, un resplandor plateado danzó entre los árboles. Eldrin entrecerró los ojos y vio una pequeña figura alada atrapada entre las ramas de un sauce llorón. Se acercó con cautela.
—¡Por favor, ayúdame! —exclamó la diminuta criatura con voz melodiosa.
Era un hada de alas traslúcidas, con cabellos como hilos de luna y ojos
brillantes como estrellas. Eldrin murmuró un conjuro y las ramas que la retenían se apartaron suavemente. El hada cayó en sus manos, temblando.
—Soy Liria —susurró—. Me perdí al alejarme de mi hogar en la Laguna Espejada.
El mago asintió con comprensión. Esa laguna
estaba a muchos kilómetros al oeste, más allá de colinas y ríos traicioneros.
—Te llevaré a casa —dijo Eldrin con una sonrisa.
Juntos emprendieron el camino, sorteando peligros ocultos en la espesura: sombras furtivas, riachuelos encantados y senderos que cambiaban de dirección. Pero con la magia
de Eldrin y el resplandor del hada, lograron atravesar el bosque.
Cuando llegaron a la laguna, las aguas brillaban con un fulgor etéreo. Decenas de hadas salieron de entre los juncos, revoloteando de alegría al ver a Liria
sana y salva.
—Gracias, mago Eldrin —dijo ella, tocando su mano con dulzura—. La magia más poderosa no está en los hechizos, sino en los corazones dispuestos a ayudar.
El mago sonrió, sintiendo que aquella verdad era más valiosa que cualquier conjuro.
Luego, con la brisa nocturna acariciando su rostro, se despidió y se internó nuevamente en el bosque, listo para su siguiente aventura.