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Lamelodía de Milena Capitulo:1 Surge el amor Elcarruaje se abría paso a toda velocidad por el bosque montañoso. Al frente, unajoven rubia de catorce años, de bucles dorados y vestido azul cielo con encajesblancos, guiaba con sorprendente seguridad los seis caballos pardos. A su lado,el anciano cochero, este mestizo, se aferraba con fuerza al asiento para no serdespedido. En elinterior, la pareja de ancianos, don Julio y doña Justa Rodríguez —de tezblanca y cabellos rubios ya canos— Se sujetaban forzadamente de los pasamanosde las ventanillas. Junto a ellos, su nieta Milena, de catorce años y laciocabello negro, asomaba la cabeza por la ventanilla, emocionada por lavelocidad. — ¡Megusta cuando conduce Julia! ¡Es emocionante! —Gritó, sonriente, mientras elviento golpeaba su rostro y le despeinaba la pollina que cubría sus grandesojos negros. —¡Dile a Julia que disminuya la velocidad! ¡Ya basta de locuras! — Ordenó elabuelo con autoridad. Milena,se asomó de nuevo y gritó hacia la conductora: —¡Prima! ¡Que ya...! ¡Lo manda el abuelo! __ Grito asomada por la ventanilla. —¡Dile al abuelo que no puedo! —Replicó la rubia, volviendo la cabeza conrapidez. —¡Hace unos minutos que nos persigue un grupo de forajidos! __ Grito.Milena,miró hacia atrás y confirmó el peligro, un grupo de cuatro jinetes con losrostros ocultos tras pañuelos negros, al igual que sus vestimentas, galopabatras ellos.— ¡Abuelos,agárrense fuerte! Julia, no se va a detener. ¡Nos persiguen forajidos! — Avisó,al oírla, los ancianos se miraron aterrados, vieron cómo Milena, se subíarápidamente la falda de su vestido rosa y extraía de su pantorrilla dosarcabuces, de pie, tambaleándose, apuntó hacia todos lados, incluso hacia susabuelos, que trataban de esquivar. — SeñoritaMilena, ¿se puede saber qué cree que está haciendo? —Preguntó doña Justa,horrorizada. —Enfrentarlos, abuela. Usted tranquila —respondió la valiente joven. Se asomópor la ventanilla y apretó el gatillo. El disparo alcanzó la mano derecha deuno de los jinetes, un indígena de tez inusualmente clara. El hombre cayó a laorilla del camino, sujetándose la mano herida mientras se la vendabaapresuradamente con su camisa, dejando al descubierto su tórax musculoso. Trassubir de nuevo a su caballo pardo, se perdió entre los árboles. Se trataba deJuan, quien, por este percance, abandonó la persecución.En suveloz huida, el carruaje pasó de largo junto a otro carruaje detenido a un ladodel camino, donde unos hombres cambiaban una rueda. Al observar la escena, unode ellos, don Beltrán Lira, exclamó: — ¡Sonforajidos! Pretenden asaltar ese carruaje. ¡Vamos, muchachos! No podemos dejarque les pase nada— Ordenó. Sushijos y su capataz no dudaron. Tiago, de quince años, contextura fuerte ymelena lacia negra, fue el primero en salir al galope, vestido con camisablanca, pantalón azul cobalto y botas negras. Tras él, el capataz, un hombre deunos treinta años con larga cabellera castaña y ondulada, barba y bigote,vestido con chaqueta y pantalón color tabaco. Por último, Aramis, con camisanegra, pantalón gris y botas negras.Desdeque emprendieron la cabalgata detrás de aquel grupo comenzaron a dispararcontra estos, un tiro hecho por el audaz Aramis, alcanzó a uno de los forajidosen la espalda, haciendo que este se estremeciera de dolor, este era Lucio,quien voltio rápidamente y vio quien le disparó y lo miró con rabia. El trío deforajidos, ante la presencia de aquel grupo armado, que disparaban contra estosdesistieron huyendo a la espesura de aquel bosque. Al ver que los delincuenteshuyeron la rubia detuvo el carruaje, de inmediato el cochero bajó del mismo yse mostraba agitado… Julia, bajo también y se asomó al interior del carruaje yse cerciore que sus abuelos y que su prima estaban bien. —Bajen,se acerca el grupo que nos ayudó— Informó la rubia, de pie vio, a los tresjinetes que se acercaban y se detenían frente a ella. El chico se quitó elsombrero en señal de saludo. —¿Está bien, señorita? —preguntó preocupado. Susojos azules se clavaron en los ojos color café de Tiago. —Sí,estamos bien. Muchas gracias por su ayuda. Soy Julia Rodríguez —se presentó. Eljoven Lira, desmontó de su hermoso alazán con gesto caballeroso, tomó su manoenguantada para besar el dorso. Se miraron fijamente, y una fuerte atracciónsurgió entre ellos. —SoyTiago Lira —dijo, para luego agregar señalando al rubio. — Estees mi hermano Aramis y nuestro capataz, Rómulo Córcega —Señaló con la manoderecha. En esemomento, bajaron los abuelos y por último, Milena. Al alzar la vista, sus ojosse encontraron con la mirada fija de Aramis, cuyos ojos verdes la observabancon intensidad. Aramis, hizo una reverencia hacia Marina, quien, tímidamente,le correspondió con otra. «Eshermoso. Tiene el cabello largo y dorado, y esos ojos verdes me hacen delirar»Pensó la chica, irremediablemente atraída por él. —Muchasgracias por ayudarnos —Intervino don Julio. — Soy Julio Rodríguez, mi esposaJusta y mi nieta Milena. Están invitados a una fiesta de bienvenida que daremospara mis nietas— Exclamó el anciano evidentemente emocionado y muy orgulloso desus nietas. — ¡Allíestaremos! —prometió Tiago, muy sonriente, mientras montaba de nuevo en sucaballo y se despedía de la rubia con una reverencia hecha con su sombrero. Aramis,desde su caballo, no dejaba de volver la mirada hacia Milena, con palpableinterés. Ella lo siguió con la vista hasta que la figura del jinete se perdióen el horizonte. «Es obvioque le guste, es tan linda» Pensó Aramis, encantado con aquella chica.  ***  Por suparte, los forajidos llegaban a su casa, ubicada en las profundidades delbosque. Mientras tanto, la madre del indio Juan, de nombre Juana, está de bajaestatura, pero muy ágil, llegó presurosa con algunas medicinas naturalesenvueltas en telas. Mirando con preocupación a su hijo de apenas veinte años,comenzó a revisar la mano, que permanecía envuelta en su camisa y empapada desangre. Aquella mujer de apenas cuarenta años, vestida de manera sencilla conun traje color terracota, mostraba su lacia cabellera recogida en trenzas. —Hijo,enséñame la herida —Pidió Juana, angustiada. Juan,le mostró, su mano derecha, herida e hinchada que además de presentar sangrecoagulada, doblaba su tamaño de lo hinchada que estaba. Su madre, sin decirpalabra, examinó la lesión, al descubrirla, noto que la camisa estaba adheridaa la misma. El joven, mientras tanto, mostraba su tórax, sus brazos y supantalón manchados de sangre. Se sentaron bajo un frondoso árbol, sobre unostroncos caídos. —¿Nola voy a perder, verdad, mamá? —Preguntó Juan, con preocupación. Lamadre, sin mediar palabra, extrajo de un envoltorio de tela algunas hierbas, ylíquidos espesos que conservaba en pequeñas vasijas de barro.  De inmediatole dio a masticar unas hojas que servían de analgésico y procedió a revisar laherida.  Vertió ron sobre la misma y procedió a limpiarla con telasestériles, mientras Juan, se quejaba del dolor. —¡Doña!—No sea tan ordinaria —Exclamó el hijo, alejando la mano de su progenitora. —¡Aguante,usted es un hombre! Quien lo manda a meterse en esos problemas —Replicó lamadre, aún en su faena. —Juropor Dios que nunca más hago caso de las palabras absurdas de Lucio, de Rómulo yde Igor, lo juro —prometió Juan, casi llorando por el fuerte dolor que sentía. —Asíes, hijo. Usted no tener ninguna necesidad de hacer esas cosas… y terminar así…Ser peligroso, varias veces decir lo mismo, tenga cuidado hijo, lo pueden matar—le aconsejó la madre, preocupada por la imprudencia del joven. Juan,se mostraba arrepentido por lo que había hecho y permanecía cabizbajo, congestos de dolor en su rostro. El dueño de la vivienda don Emilio Córcega, juntoa su esposa la señora Magdalena, se ocuparon de atender las heridas quepresentaba Lució, en la espalda. —Yerno,lo ayudare a quitarse la camisa —Decía, Magdalena que al igual que su esposoeran ancianos de sesenta años, de cabellos canos, mientras que sus hijosobservaban al herido preocupado. —Porpoco, lo matan, querido esposo —Afirmó Corina, limpiando la herida, su padre sepreparaba para suturar. La herida que presentaba el hombre había dejado en esaregión dorsal varias heridas y una herida más grande, de donde con destrezasacó una bala de la misma, hecho la misma una vasija, la mujer permanecía ensilencio. —Esosvaqueros aparecieron de repente—Narro Igor, recordando lo sucedido. — Esosson Los Lira, solo quería asustar al viejo, y robarle como siempre— DecíaLucio riendo, Igor lo imitó. —Unode los jinetes era Rómulo—Recordó Corina. —Nosabía que ellos estarían por allí, o sino el cuñado nos hubiese dicho— SeñalóLucio, seguro de la lealtad de su cuñado. El señor Emilio, sutura la herida contranquilidad; sin intervenir en la conversación. —Tomayerno, esto le calmará el dolor—Dijo Magdalena, acercando hasta su mano unpocillo de arcilla, este de inmediato tomó del líquido, luego de la herida,todos salieron al fresco patio y se sentaron cerca de unos chinchorros, donde yacíael indio Juan, dormido, Juanita, estaba en la rayana, las mujeres seacercaron a ayudarla, mientras que Igor mataba un par de gallinas. —Haremosun   "caldo " sustancioso para que se recuperen losheridos— Decía Igor riendo.   ***  Elcarruaje conducido por Tomas, cruzó el límite de las tierras de los Lira. Lacasona se alzó imponente ante ellos, está de techo rojo, rodeada de árboles muyfrondosos, mostrando un par de carruajes frente a la misma. A su derecha y a lolejos un par de corrales donde guardaban una gran cantidad de reses, también sepodían observar un centenar de las mismas pastando cerca y también a la orillade un caudaloso río que pasaba por la propiedad. Se observaba cerca a loscorrales vaqueros que estaban pendientes de las mismas. Además de un par deHarás donde guardaban ejemplares de raza pura. Se observaba la rutina llevadapor la servidumbre, que se observan por doquier, don Beltrán, fue recibido porsu adorada esposa, y sonrientes entraron al interior de la misma, Tomas sedirigió a las barracas, Rómulo lo acompañaba, mientras que un par de esclavosbajaban el equipaje, Tiago y Aramis, se escabulleron hacia el jardín, aúnaturdidos por el recuerdo de las jóvenes. —Hermano,¿cuál le gustó? —preguntó Tiago. Aramisrio. —¡A míme gustó Julia! ¡Es una belleza! —Exclamó Tiago, eufórico. —Esarubia es muy valiente, hermano, a mí me gusto Milena, es bellísima y yo leguste a ella,¡ ¿vio cómo me miraba!? — Afirmó este, haciendo ademanes,mostrando lo impresionado que estaba. Tiago, se carcajeaba de la risa, ante lovanidoso que era su hermano. Depronto, los interrumpió la voz de María, la hermanastra, de estos, ya que, lamisma era la hija      " bastarda " de don Beltrán. —¡Buenastardes! — Exclamó está mirando solo al rubio, quien volteo a mirar y le sonrió. —¡María,que hermosa esta!  ¿Se soltó el cabello? — Pregunto el chico conadmiración. Tiago,se despidió y partió rápidamente. Aramis, se quedó solo con ella. La miró dearriba abajo y esbozó una sonrisa pícara. María, la esclava, lo besó en loslabios. El chico correspondió al beso, pero sus ojos se abrieron inquietos,escudriñando los jardines detrás de ella. La chica ostentaba una exóticabelleza su piel oscura, sus facciones delicadas, le concedían una hermosurasingular, acentuada por su cabello largo y ondulado. En ese momento, lucíaemocionada. El rubio no la rechazó, pero su cuerpo se tensó. —¿Y sinos ven, nos van a reprender y a usted la azotarán y no quiero que eso pase? —Exclamó muy preocupado. —Nadie nos ve, venga y no va a pasar nada — Dijo tomando su mano y casiarrastras, lo llevo con ella el chico, la siguió entusiasmado.  Entrebesos y caricias, el frío del agua pronto fue reemplazado por el calor de supasión. Desde la ventana de su habitación, don Beltrán, observaba la escena conincredulidad. Doña Adela, se acercó, curiosa. —Miraa ese par de sinvergüenzas— Rugió el padre. —Hombres...Son fogosos desde jovencitos —comentó Adela, con una risa. —Voy aacabar con esto. Casaré a María —Declaró don Beltrán. Adela, concentrada en sumasaje, prefirió no decir nada.