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Siempre pensé que sería yo quien escribiera la última línea en este interminable libro de caza. Mi vida ha girado en torno a esa misión sagrada: acabar con la maldad que se oculta entre los susurros de los bosques y los cantos de las aves nocturnas. Desde que tengo memoria, el mundo ha hablado de ellas —las brujas— como criaturas sedientas de poder, capaces de torcer la naturaleza misma a su voluntad. Y yo, Tharn, el cazador, debía devolver la paz. Pero hoy, mientras escribo estas palabras, empiezo a dudar si alguna vez entendí realmente lo que perseguía.

Todo comenzó en los caminos serpenteantes de las montañas. Allí, el viento traía historias de una bruja poderosa que vivía más allá de los acantilados. Su nombre era Halith, una leyenda entre los suyos, y yo, como en tantas otras ocasiones, había sido enviado a terminar con ella. Recuerdo mi primer encuentro con el fuego en sus ojos, cuando la encontré en la cumbre, rodeada de lobos que no le temían. La magia danzaba a su alrededor, pero no era como la había imaginado. No era cruel, no era vil. Era belleza pura.

"Vienes a matarme, Tharn," dijo, sin atisbo de miedo. Aquella frase me hizo estremecer, pero no fue su tono lo que me desconcertó. Era la forma en que pronunció mi nombre, como si ya me conociera, como si toda mi vida hubiera estado destinada a ese momento.

Saqué mi espada, fría y mortal como siempre, y avancé sin titubeos, porque eso es lo que se espera de un cazador. Pero algo en ella me detenía, una fuerza más allá de la magia, algo más antiguo, algo que no comprendía. Halith no hizo ningún gesto defensivo, no lanzó hechizos ni conjuró tormentas. Sólo permaneció allí, observándome con una calma desarmante.

"¿Sabes qué es lo que cazas realmente?", preguntó de nuevo, pero esta vez con una curiosidad genuina. Esa pregunta, como una brasa ardiente, se clavó en mi mente.

"Brujas," respondí con la certeza de alguien que ha pasado toda su vida cazando sombras en la oscuridad. "Aquellas que corrompen el mundo con su poder."

Halith soltó una risa suave, casi triste, y miró al horizonte. "¿Y quién decide qué es corrupción? Las historias que te han contado no son las mismas que conozco."

Di un paso hacia ella, mis nudillos apretados alrededor de la empuñadura de mi espada. “Tus artes han destruido aldeas, Halith. He visto los restos.”

"¿Has visto lo que quedó o lo que te mostraron?" Su voz era suave, pero sus palabras cortaban como el acero que yo sostenía. No esperaba que me confundiera. No después de tanto tiempo cazando, de tanto ver la muerte, de tanto asegurarme de que el mal debía ser arrancado de raíz.

Sentí algo extraño crecer en mi pecho, una duda que no había permitido florecer en años. Apreté los dientes y me lancé contra ella, dispuesto a cumplir mi deber.

Pero antes de que mi espada la alcanzara, el mundo cambió. Halith levantó una mano y el tiempo mismo pareció desintegrarse a nuestro alrededor. No había batalla, no había violencia. Sólo estábamos ella y yo, en una especie de vacío interminable. Allí, me mostró lo que realmente significaba ser una bruja.

Mis ojos vieron aldeas quemadas, sí, pero no por brujas. Vi cazadores, como yo, arrasando los lugares donde la magia florecía, aterrados por lo que no comprendían. Vi niños nacidos con dones extraños ser perseguidos, vi la desesperación de aquellos que solo querían sobrevivir en un mundo que les temía. Y finalmente, vi mi propio rostro, lleno de furia y convicción, convencido de que todo aquello era lo correcto.

"Las brujas no somos las monstruos que te dijeron que éramos," susurró Halith en ese lugar sin tiempo. "Pero los cazadores sí lo son."

Cuando sus palabras me golpearon, el vacío comenzó a desvanecerse, y volví a estar de pie frente a ella en la cima de la montaña. Mi espada había caído de mis manos, y mi corazón, antes firme y resuelto, ahora dudaba.

"¿Qué eres, entonces?" pregunté, con un hilo de voz que apenas reconocí.

Halith me miró con la misma calma y una tristeza infinita. "Soy lo que el mundo necesita que sea. Y tú, Tharn, también lo eres. Siempre lo has sido."

No entendí completamente lo que quiso decir en ese momento. Pero cuando me di la vuelta y bajé de la montaña, dejándola atrás, algo dentro de mí se había quebrado. Esa fue la última vez que cazé una bruja. Desde entonces, vago por el mundo, sin rumbo, sin misión. Ya no sé cuál es mi lugar, ni qué era lo que perseguía realmente.

Y ahora, al final de mi viaje, me pregunto si no fui yo el cazado todo este tiempo. Quizás las brujas no eran el mal que debíamos temer. Quizás el verdadero mal siempre estuvo en nuestros corazones, en la ceguera de nuestras convicciones.

Mi nombre es Tharn, y fui cazador de brujas. Pero ya no sé qué significa eso.